Muchos conocíamos la cruel historia del maltrato que el padre de los hijos de Romina Yan les hizo pasar tras su fallecimiento y el “rescate” de Franco y Valentín gracias a su abuelo, Gustavo Yankelevich, quien tras largos años de procesos judiciales logró la tenencia de sus nietos varones.
Pero nada se compara con escuchar y ver el testimonio directo que logró Tatiana Schapiro para Infobae hablando con Valentín, hoy feliz y con gran futuro en el automovilismo; recordando aquellos años oscuros junto a Darío Giordano, a quien tras los golpes e insultos sufridos no le pudo decir nunca más “papá”. Hoy Valentín tiene 23 años y decidió contar su historia.
Eras muy chiquito cuando se murió tu mamá. ¿Te acordás ese día?
—Sí, el 28 de septiembre de 2010 yo tenía 7 años. Estaba en la casa de mi vecino de enfrente, estaba jugando y haciendo un poco de recolección. En el momento después que nos dan la noticia yo escucho a la madre que empieza a decir “Romina, Romina”, y la veo y estaba llorando. Le digo “¿qué pasó?”. “No, nada, estaba cortando cebolla, pero te buscan en tu casa”. Voy a mi casa. Toda mi familia. Ya era raro. Nos sentaron en el sillón y ahí Darío nos dice “su mamá tuvo un accidente”. Básicamente que no va a volver. Fue un momento muy duro. Después de eso él nos dijo “yo me voy a encargar de cuidarlos, de protegerlos. Vamos a salir de esta todos juntos”. Y bueno, después de ahí fue todo barranca abajo. Yo tenía devoción por mi mamá. La amaba con todo mi ser. La amo con todo mi ser. Sé que está conmigo, está acá acompañándome. Yo fui el único de mis hermanos que eligió ir al cementerio. Fue muy duro ese momento. No pude verla, no me dejaron. Era lógico, 7 años. Ahí se te pasa todo por delante.
Al dolor de la muerte de una mamá se le sumaron otras cosas después.
—Sí, sí. La verdad que cuando uno creía que eso era tocar fondo y la tristeza máxima que se podía experimentar llegaron situaciones que hoy mirando para atrás fueron mucho peores.
—¿Querés contar?
—Sí. Cuando yo tenía 10 años, 9 años, empecé a sufrir violencia física y psicológica de parte de Darío. Mi hermano también. Era un dolor incomprensible. Realmente era un infierno vivir en esa casa.
—Es importante aclarar que ustedes son tres hermanos y lo que vos estás contando es tu historia.
—Sí. Yo hablo por mí. Eran golpes, gritos, maltrato. A mí nunca me gustó estudiar. Ahora, las ocho horas que yo pasaba en el colegio eran las mejores ocho horas del día porque no volvía a mi casa. Yo sabía que volvía y se desataba el infierno. Era constante. Sabía que no tenía escapatoria. Desde agarrarme de los pelos, llevarme por la escalera, pegarme, dejarme encerrado en el cuarto, traerme la comida cuatro horas después fría, apoyarla en el piso, “tomá, comé”. Más allá de los golpes y la violencia, la persona que supuestamente nos tenía que cuidar después de perder a nuestra mamá… Era todo durísimo.
